lunes, 23 de diciembre de 2013

Venecia en agosto


Buon giorno!

Éste verano he tenido la oportunidad de hacer un par de escapadas, literalmente. La primera fue a Venecia, una escapadita rápida y veloz decidida a última hora aprovechando 3 días libres pero bien aprovechados.

Volamos en un combinado de Vueling y Ryanair, comprado directamente desde la página web de las compañías y por separado. El billete fueron 110€ (redondeando) ida y vuelta. Para haberlos comprado quince días antes y yendo el 15 de agosto creo que está bastante bien.

Ahora bien, nuestra sorpresa vino al coger el hotel: ¡preparen sus riñones! Encontrar un hotel agradable en Venecia no es tarea fácil y mucho menos a buen precio. Apostamos a lo seguro gastando un poquito más, pero no nos arrepentimos: el Hotel do Pozzi está situado a menos de cinco minutos de la Plaza San Marco y de dos paradas de vaporetto, en la calle de las tiendas de lujo.

Decir que la ciudad es pequeña, veinte minutos bastan para llegar directo a puntos alejados en el mapa. Pero como he dicho antes, aprovechamos apenas tres días y creo que fue una elección estupenda.

Resumiendo: comimos pizza, pasta, paseamos, nos acribillaron los mosquitos, nos recorrimos todas las calles en busca de la máscara más bonita de la ciudad y de paso un tapón de botellas de vino de cristal de Murano.



Venecia me pareció una ciudad de contrastes, o més bien de contraste con la ciudad en tierra firme. Llegas en avión y lo primero que haces es coger un barco (hay que decir que odio los barcos: me marean cosa mala). Y luego los pies son el mejor transporte. Pero me encantó por que adoro caminar, pasear, desorientarme por las calles... Lo malo fue la cantidad de turistas que abarrotaban los pasajes. Gente por todas partes, de todas las nacionalidades y nosotros en medio de esa marea como peonzas rebotando en los muros de los edificios. 

Pero me gustó. Me gustó porque es una ciudad romántica donde las haya. Ni París, ni Londres... si tienen que declararse, por favor, háganlo en la Plaza San Marco, mientras toman un espresso italiano y escuchan las orquestrinas tocar en alguno de los tres cafés venecianos a la luz de la luna veraniega. Y con la melodía de Titanic, si puede ser.




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