"La vida es un libro y quien no viaja lee sólo la primera página" San Agustín
Mi primer viaje con amigos fue en octubre de 2006: una escapada de fin de semana a Oviedo puso el primer ingrediente para una pasión. Fue corto, pero fue bien. Mi primer avión sin mi familia en un destartalado Airbus de Iberia BCN - OVD en el que juramos ver esparadrapo en las alas. Sentados cerca de las cortinillas que separan turista de la clase business. Nosotros felices porque volábamos juntos, sin importarnos la calidad de ese avión que tan caro nos había costado ya que por entonces no habíamos oido hablar de las low cost.
El siguiente se sucedió casi por sorpresa y marcó en mí una necesidad impetuosa de moverme. En enero de 2007 viajábamos a Berlín, a la fría Alemania para empaparnos de nieve y arquitectura. Un viaje realmente pasional en el que quedé prendida de esta magnífica ciudad con la que sueño volver, y prometo hacerlo.
Después de éste vino un intento frustrado de participar en un campo de trabajo en Ceske Budejovice en la República Checa con una amiga de la universidad, pero tras cancelarse, decidimos reinvertir nuestras ganas en un tour que nosotras mismas planeamos en el que visitamos Viena y Praga. En total 9 días de turisteo puro y duro en Europa Central. Después un viaje familiar de 11 días en París en el que nos emborrachamos de cultura. Para acabar ese verano apoteósico y del que necesitábamos descansar de las vacaciones, pasamos 5 días en casa de una amiga también de la universidad que vivía en Palma de Mallorca.
Tras este periplo turístico vino en enero de 2008 Amsterdam en el que disfrutamos a lomos de nuestras flamantes bicicletas, el ambiente cálido y las calles empedradas llenas de arquitectura, cómo no. Este año amor y amistad se unieron, aunque por separado, pues en octubre un viaje a Estocolmo la convirtió en la ciudad del amor, desvancando París.
Y acelerando volamos al año siguiente a Marruecos y París y finalmente llegó mi gran pasión: Estados Unidos. El viaje de mi vida que no pensaba realizar tan temprano, la ciudad de mis sueños, la densidad de placer arquitectónico perfecta: Chicago. Ahí andaba yo, en enero de 2010 sin haberlo planeado, caminando por sus calles congelada. Hacía frío, tanto que ni siquiera los leotardos bajo los pantalones podían abrigarnos. Éste fue mi primer contacto con Las Américas, el choque cultural sobrevino en una pasión que había crecido exponencialmente con el paso de los días.
Volvía de nuevo al país un año más tarde, en enero de este año, conquistando ésta vez Nueva York. Decir que me gustó, pero no tanto como Chicago. Me parece un decorado que visten y desvisten a gusto del turista, una ciudad bonita, grande y pensada, pero desalmada. Habrá mucha gente que considere que desvarío, pero yo tengo mi teoría: el primer viaje que se realiza es el que marcará tus directrices. Mi primer viaje a Estados Unidos fue a Chicago, radicalmente distinto a Nueva York (aunque tenga sus rascacielos igualmente). Nueva York es vastísimo, con una altura media superior a Chicago, y de ahí viene mi sensación de desmesura y de falta de relación: los límites no se ven y éstos son los que marcan las medidas.
Así que llegado a éste punto, si juntamos todos los ingredientes (un campo de trabajo frustrado, una pasión viajera y mi americanización) tenemos un cóctel molotov que se resume en 6 semanas de estadía en los USA con su campo de trabajo de un mes de reconstrucción de viviendas y visita a Washington DC, Los Ángeles y San Francisco.
Todo este largo camino para llegar hasta aqui.
Wake up! It's sunny!